La conocí en la Prepa. Una de las frases que marcó mi vida sentimental en más de una forma y permanentemente.
En aquellos días era una niña de quince años, alta, delgada y pecosa, no ha cambiado mucho a pesar de que han pasado doce años... bueno si cambió algo, las pecas aumentaron.
Lo que llamó mi atención el primer día que la vi fueron sus cejas de color negro, largas y tupidas, luego observé sus ojos, tenía una mirada tranquila y un pequeño brillo de inocencia, el cuál ha desaparecido. Sus manos eran huesudas pero suaves, su cabello rizado rodeaba su rostro cubierto de pecas. Esas pecas.
Son los detalles que más recuerdo cuando pienso en ella.
Le gustaba leer y por ella fue que conocí a George Orwell. Aún conservo el libro que me regaló. Tenía una amiga espantosa que no la dejaba sola ni por error, fue complicado acercarme a ella. Tardé e insistí mucho pero al final lo conseguí. La amiga terminó desapareciendo y la recompensa fue dulce. Sus labios tenían sabor a cereza, aborrezco la cereza pero amaba su sabor en ellos.
Su aroma era igual de dulce y la piel de su espalda suave, blanca y también cubierta de pecas, pasaba largos ratos acariciándola y frotándola. Sus piernas eran delgadas pero bien torneadas y firmes. Para mi el único defecto eran sus pies. OH Cthulhu que feos pies!
En las tardes nos escapábamos de la escuela y nos perdíamos durante horas, a veces en la ciudad o a veces en el campo, cualquier lugar era bueno en esa época. Las casas de nuestros amigos fueron nuestro refugio en muchas ocasiones y unas cuantas su casa resultó muy cómoda.
Hace unas horas nuestras miradas se cruzaron después de doce años, no la había visto desde que me abofeteó. Sus ojos seguían tal y como los recordaba. Pero ya no percibí el odio en ellos.
Yo estaba solo y a ella nadie la acompañaba. Nos quedamos viendo el uno al otro durante un rato, no hubo palabras, lo que pensé decirle en alguna ocasión dejó de tener sentido. Metí mis manos en las bolsas de la chamarra, sonreí y seguí mi camino. La distancia se hizo mayor y cuando volví la mirada, ella se había ido.
Cuando llegué a mi casa tomé del librero aquel ejemplar de 1984, lo abrí en la página 77 y su foto sigue ahí, junto al párrafo que describió aquella tarde de julio y todas las que le siguieron.
Silvia...