
Quien no ha sentido la adrenalina de ser descubierto en pleno acto sexual no ha vivido a plenitud.
¿Qué atormentado ser cachondo no ha sentido la NECESIDAD de intimar, coger, cuchiplanchar (me acordé de
Yo soy Ella… por la palabra, nomás por la palabra), copular, cohabitar, yacer, aparearse, liarse, darse o complacerse en algún sitio público?
Habrá gente muy tradicionalista (espantados, mochos, etc.) y gente más bien recatada y menos convencional (zacatones =P) que prefiera la intimidad y privacidad de una recámara o sala (o comedor o cocina o baño, en fin) de una casa o un depa solitarios, pero el saciar los instintos sexuales en lugares, digamos, menos convencionales es uno de los placeres que TODOS deberíamos permitirnos de vez en cuando.
Al resto de los mortales, cuando nos agarra la calentura, ya sea en un jardincito, en un autobús, en un avión, en la casa de algún familiar (en la de los suegros es clásico), en un estadio, en la escuela, etc., lo único que podemos hacer es muecas, relajarnos un poco y buscar con la mirada un rinconcito en el cuál dar rienda suelta a nuestro desenfreno.
Si ha esto le sumamos el riesgo de ser descubierto por un familiar, los suegros, los papás, los primos, los tíos, algún paseante, los jefes (si es en el trabajo) o peor aún, por algún insobornable e inquebrantable guardián de la ley (de esos que abundan por ahí), el placer se puede elevar exponencialmente. Lo prohibitivo del asunto es en extremo atractivo para algunos de nosotros.
Anécdota de un amigo:Sábado, 21:30. Se ven en un conocido bar para platicar y divertirse un rato. Ella se ve muy guapa y él, pos para ella también. Luego de unos tragos y unos bailecitos, siguen la plática pero con serias indirectas muy directas de parte de ambos, él se anima y se acerca para darle un beso, ante la nula resistencia, él no sólo la besa sino que llega un poco más allá.
Las miradas los delatan y después de pagar la cuenta salen y se van comiendo el uno al otro mientras caminan. Se acarician sobre un cofre, luego contra un árbol, más adelante en una banquita. Las caricias se dan en donde pueden hasta que llegan a un pequeño parquecito infantil.
- Mira- dijo señalando uno de los jueguitos.
- No nos verá alguien?- replica ella un tanto temerosa, pero con la lujuria invadiendo su mirada.
- A esta hora no creo que vengan niños a jugar-
-Sólo niños grandotes- Reímos y nos vamos detrás del susodicho juego.
Lo demás es obvio, uno sobre el otro y al revés, con la ropa arremangada, los pantalones a las rodillas y llenándose de tierra, duro y duro, arriba y abajo, afuera y adentro, chupando, mordiendo y besando lo que podían.
De pronto, una intensa luz interrumpe la acción, los destellos rojos y azules dan una idea de lo que ocurrirá y tratan de fingir demencia mientras se escucha una cavernosa voz, de gran porte y tesitura:
-A ver jovenazos, deténgansen y no se muevan… más-
¡ZAZ! Camioneta de policía tipo van con dos uniformados, uno se parece a poncharelo cruzado con el Changoleón y el otro es casi igualito a Miguél Galván (la Tartamuda) pero prieto. A pesar de las explicaciones, súplicas y dos intentos de ejem, ejem… contribución económica a su gasto familiar, los oficiales no dan su brazo a torcer (talvez andaban drogados) y se los cargan en el vehículo para su pronta remisión.
En el interior la pareja, a pesar de la situación, aún tiene los ánimos caldeados.
Una vez más la ropa arremangada, el sube y baja, el mete y saca y bla, bla,bla… Pierden la noción del tiempo y la recuperan de inmediato cuando se abre violentamente la puerta del vehículo quedando en comprometedora posición enfrente de casi treinta miembros de Seguridad Pública los que, obviamente, no pueden aguantar la carcajada por la escenita presenciada.
Dos mayores de edad, una "regañada", multa, "no lo vuelvan a repetir" y la vergüenza de ella por tener que esperar el taxi afuera de barandilla enfrente de los guardianes del orden, llega el vehículo y al fin se va y él se aleja caminando pero no sin escuchar los aplausos y porras de los polis, una sensación de orgullo invade su pecho y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro.
700 pesitos de multa… valió la pena por una anécdota inolvidable.